Kalapalo
Animação feita pelos alunos do CIEP Poeta Cruz e Sousa, do Rio de Janeiro, a partir de pesquisas assessoradas por representantes do povo Kalapalo e do material produzido através da viagem da professora e produtora Daniele Rodrigues ao Xingu, durante a festa do Kuarup. No curta, as crianças mostram o cotidiano da aldeia e contam sobre suas tradições. A vida indígena vista desde dentro.
A las mujeres que luchan en todo el mundo
Hermana, compañera:
Te mandamos un saludo de como mujeres que luchan que somos, de parte de las mujeres zapatistas.
Lo que te queremos decir o avisar es un poco triste porque te comunicamos que no vamos a poder hacer el II Encuentro Internacional de Mujeres que Luchan, aquí en nuestras tierras zapatistas, este marzo del 2019.
Las razones de que no podemos, pues tal vez es que ya las sabes, y si no pues te platicamos un poco:
Pues resulta que los nuevos malos gobiernos ya lo dijeron claro que van a hacer sus megaproyectos de los grandes capitalistas. De su Tren Maya, de su plan para el Istmo de Tehuantepec, de la siembra de árboles para mercancía de maderas y frutas. También dijo que entran las mineras y las grandes empresas de alimentos. Y además tiene un su plan agrario que es que lleva hasta lo último la idea de destruirnos como pueblos originarios, de la manera de convertir nuestras tierras en mercancías, que así quieren completar lo que dejó pendiente el Carlos Salinas de Gortari que no pudo porque lo paramos con nuestro alzamiento.
Esos proyectos pues son de destrucción. No importa cuánto lo quieran tapar con sus mentiras. No importa cuántas veces multipliquen sus 30 millones de apoyos. La verdad es que van por todo en contra de los pueblos originarios, de sus comunidades, de sus tierras, de sus montañas, de sus ríos, de sus animales, de sus plantas y hasta de sus piedras.
O sea que no sólo van contra nosotras las zapatistas, sino que contra todas las mujeres que dicen indígenas. Y pues también contra los hombres, pero ahorita estamos hablando de cómo mujeres que somos. Quieren que nuestras tierras ya no sean para nosotras, nosotros, sino que para que los turistas se vengan a pasear y tengan sus grandes hoteles y sus grandes restaurantes, y los negocios que se necesitan para que los turistas tengan esos lujos.
Quieren que nuestras tierras se conviertan en fincas productoras de maderas preciosas, de frutas y de agua; en minas para sacar el oro, la plata, el uranio, y todos los minerales que hay y que quieren los capitalistas. Quieren que nos convirtamos en sus peonas, en sus sirvientas, que vendamos nuestra dignidad por unas monedas al mes. Porque esos capitalistas, y quienes los obedecen en los nuevos malos gobiernos, piensan que lo que queremos es paga.
No pueden entender que nosotras queremos la libertad, no entienden que lo poco que hemos logrado es luchando sin que nadie nos lleve la cuenta, sin fotos, sin entrevistas, sin libros, sin consultas, sin encuestas, sin votaciones, sin museos y sin mentiras. No entienden que lo que ellos llaman “progreso” es una mentira, que ni siquiera pueden cuidar la seguridad de las mujeres, que siguen siendo golpeadas, violadas y asesinadas en sus mundos progresistas o reaccionarios.
¿Cuántas mujeres han sido asesinadas en esos mundos progresistas o reaccionarios mientras tú lees estas palabras, compañera, hermana? Tal vez tú lo sabes, pero claro te decimos que acá, en territorio zapatista, no ha sido asesinada ni una sola mujer en muchos años. Pero eso sí, dicen que nosotras somos las atrasadas, las ignorantes, las poca cosa.
Tal vez no lo sabemos de qué es el mejor feminismo, tal vez no sabemos decir “cuerpa” o según cómo cambian las palabras, o qué es lo de equidad de género o esas cosas que hay tantas letras que ni se puede contar. Y ni siquiera está cabal eso que dicen “equidad de género”, porque sólo hablan de equidad de mujeres y hombres, y hasta nosotras, que nos dicen ignorantes y atrasadas, lo sabemos bien que hay quienes no son ni hombres ni mujeres y que nosotras les llamamos “otroas” pero que esas personas se llaman como se les da la gana, y no les ha sido fácil ganar ese derecho de ser lo que son sin esconderse, porque les burlan, les persiguen, les violentan, les asesinan. ¿Y a poco todavía les vamos a obligar que o son hombres o son mujeres y que tienen que ponerse de un lado o de otro? Si esas personas no quieren pues se hace mal si no se les respeta. Porque entonces, ¿cómo nos quejamos de que no nos respetan como mujeres que somos, si no respetamos a esas personas? Pero bueno, tal vez es porque hablamos de lo que hemos mirado de otros mundos y no tenemos mucho conocimiento de esas cosas.
Lo que sí sabemos es que luchamos por nuestra libertad y que nos toca ahora luchar para defenderla, para que la historia de dolor de nuestras abuelas no la sufran nuestras hijas y nietas. Nos toca luchar para que no se repita la historia donde volvemos al mundo de sólo hacer la comida y parir crías, para verlas luego crecer en la humillación, el desprecio y la muerte.
No nos alzamos en armas para volver a lo mismo.
No llevamos 25 años resistiendo para ahora pasar a servirles a los turistas, a los patrones, a los capataces. No vamos a dejar de ser promotoras de educación, de salud, de cultura, tercias, autoridades, mandos, para ahora pasar a ser de empleadas en hoteles y restaurantes, sirviéndoles a extraños por unos cuantos pesos. No importa si son muchos o pocos los pesos, lo que importa es que nuestra dignidad no tiene precio.
Porque eso quieren, compañera, hermana, que en nuestra propia tierra, nos convirtamos en esclavas que reciben unas limosnas por dejar que destruyan la comunidad.
Compañera, hermana:
Cuando tú llegaste en estas montañas para el encuentro de 2018 lo miramos que nos miras con respeto, y a veces tal vez con admiración. Aunque no todas las que vinieron así hicieron, porque bien que lo sabemos que hay quien vino para criticarnos y mal mirarnos. Pero eso no importa porque lo sabemos que el mundo es grande y son muchos los pensamientos y hay quien entiende que no todas podemos hacer lo mismo, y hay quien no entiende. Eso pues lo respetamos, compañera y hermana, porque no para eso fue el encuentro. Que sea que no fue para ver quién nos da buena calificación o mala calificación, sino para encontrarnos y sabernos que luchamos como mujeres que somos.
Y pues no queremos que ahora nos vas a mirar con pena o con lástima, como sirvientas a las que se le dan órdenes de buen o mal modo; o como a las que se les regatea el precio de su producto, en veces artesanías, en veces frutas o verduras, en veces lo que sea, como así hacen las mujeres capitalistas. Pero bien que cuando van a comprar a sus centros comerciales ahí no regatean sino que cabal pagan lo que dicen los capitalistas y hasta se ponen contentas.
No compañera, hermana. Nosotras vamos a luchar con todo y con todas nuestras fuerzas en contra de esos megaproyectos. Si conquistan estas tierras, será sobre la sangre de nosotras las zapatistas.
Así lo hemos pensado y así lo vamos a hacer.
De repente esos nuevos malos gobiernos lo piensan o lo creen que, como somos mujeres, rápido lo vamos a bajar la cabeza, obedientes ante el patrón y sus nuevos capataces, porque lo que buscamos es un buen patrón y una buena paga. Pero no, lo que nosotras queremos es la libertad que nadie nos regaló, sino que la conquistamos luchando incluso con nuestra sangre.
¿Tú lo crees que cuando vengan las fuerzas de los nuevos malos gobiernos, sus paramilitares, sus guardias nacionales, los vamos a recibir con honores, con agradecimiento, con alegría? No, qué va a ser, les vamos a recibir luchando y a ver si así aprenden lo que son las mujeres zapatistas que no se venden, no se rinden y no claudican.
Nosotras, cuando fue el encuentro de mujeres que luchan el año pasado, pues nos esforzamos para que estuvieras contenta y alegre y segura, compañera y hermana. Y ahí lo tenemos el buen tanto de críticas que nos dejaste: que está muy dura la tabla, que la comida no te gusta, que está muy cara, que por qué esto y que por qué lo otro. Ya te informamos de cómo fue que trabajamos y las críticas que recibimos.
Y aunque con las quejas y críticas, pues acá estuviste segura, sin que los hombres malos o buenos te están mirando y calificando. Puras mujeres estuvimos, tú lo sabes.
Y pues ahora ya no es seguro, porque lo sabemos que el capitalismo viene por todo y lo quiere no importa a qué costo. Y lo van a hacer porque sienten que mucha gente los apoya y que pueden hacer barbaridad y media y todavía les van a aplaudir. Y nos van a atacar y a revisar sus encuestas a ver si tienen buenos puntos y así hasta que nos acaban.
Y mientras te escribimos esta carta, ya empezaron los ataques de sus paramilitares. Son los mismos que antes eran del PRI, luego del PAN, luego del PRD, luego del PVEM y ahora son de MORENA.
Entonces pues te decimos, compañera y hermana, que no vamos a hacer acá el Encuentro, pero sí háganlo en sus tierras, según sus modos y sus tiempos.
Aunque no vamos a asistir, como quiera las vamos a pensar.
Compañera, hermana:
No te dejes de luchar. Aunque esos malditos capitalistas y sus nuevos malos gobiernos se salgan con la suya y nos aniquilen, pues tú tienes que seguir luchando en tu mundo.
Porque bien que lo acordamos en el encuentro que vamos a luchar para que ni una sola mujer en cualquier rincón del mundo tenga miedo de ser mujer.
Y pues tu rincón es tu rincón, compañera y hermana, y ahí te toca, como a nosotras nos toca acá en tierras zapatistas.
Esos nuevos malos gobiernos lo piensan que fácil nos van a derrotar, que somos pocas y que nadie nos apoya allá en otros mundos.
Pero qué va ser, compañera y hermana, aunque sea que sólo quede una de nosotras, pues esa una va a pelear por defender nuestra libertad.
Y no tenemos miedo, compañera y hermana.
Si no tuvimos miedo hace ya más de 25 años cuando nadie nos miraba, pues menos ahora que ya nos miraste tú, bien o mal pero nos miraste.
Compañera, hermana:
Bueno, pues ahí te encargamos la pequeña luz que te regalamos.
No dejes que se apague.
Aunque la de nosotras se apague aquí con nuestra sangre, y aunque se apague en otros lados, tú cuida la tuya porque, aunque los tiempos ahora son difíciles, tenemos que seguir siendo lo que somos, y es que somos mujeres que luchan.
Pues es todo compañera y hermana. El resumen es que no vamos a hacer el Encuentro o sea que no vamos a participar.
Y si lo hacen el encuentro en tu mundo y te preguntan que dónde están pues las zapatistas, que por qué no llegan, pues tú diles la verdad, diles que las zapatistas están luchando en su rincón por su libertad de como mujeres que somos.
Es todo, ahí te cuides compañera y hermana.
De repente pues ya no nos miramos.
Tal vez te dicen que ya no las piensas a las zapatistas porque ya se acabaron ya, que ya no hay zapatistas te van a decir.
Pero cuando piensas que ya no, que ya nos derrotaron, ahí nomás sin que das cuenta, vas a mirar que te miramos y que una de nosotras se acerca y te pregunta al oído para que sólo tú escuches:“¿Dónde está pues tu lucecita que te dimos?”
Desde las montañas del Sureste Mexicano.
Las Mujeres Zapatistas.
Febrero del 2019.
A crise do capital é parte de uma crise civilizatória
Professor da Universidade Federal Fluminense e um dos mais importantes geógrafos do Brasil, Carlos Walter Porto-Gonçalves é o convidado do Programa Pensamento Próprio, espaço onde os intelectuais latino-americanos podem expor seu pensamento original e próprio. Nesse programa Carlos Walter fala sobre a questão indígena latino-americana e alerta sobre a necessidade da luta contra o capitalismo e a colonialidade. Entrevista por Elaine Tavares.
Janeiro vermelho encerra com luta
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Foto: Apib |
O movimento indígena brasileiro realizou durante todo o mês de janeiro uma série de atividades chamada de “janeiro vermelho” na campanha “Sangue Indígena, nenhuma gota a mais”. Tudo isso em função dos ataques que os povos originários vêm sofrendo por parte do governo que já no primeiro dia do ano, tão logo foi empossado, colocou de cabeça para o ar toda a estrutura que cuida dos indígenas no Brasil.
Já no final da tarde do dia primeiro o Diário Oficial divulgava uma reestruturação administrativa, a qual passava para o Ministério da Agricultura a responsabilidade pelo processo de demarcação de terras que até então estava no âmbito da Justiça. “Esse é um ministério que tem compromisso com o agronegócio, e o agronegócio quer as terras indígenas. Então, é conflito”, diz Sônia Guajajara, da Articulação dos Povos Indígenas do Brasil (Apib).
O governo também tem planos e desestruturar a Funai, órgão responsável pelas questões indígenas, e isso torna a vida dos povos originários ainda mais complicada, deixando claro qual o caminho que quer: a destruição do pouco que ainda se tem de proteção e cuidado. O governo – eleito com apoio maciço dos ruralistas – também tem o compromisso de desalojar os indígenas de suas terras, entregando-as para os latifundiários e transformando os indígenas em trabalhadores sem-terra, perdidos de seu modo de vida. “Os índios tem de ser cidadãos como qualquer brasileiro”, diz o presidente, e nessa frase encerra a proposta de tirar as terras e jogar os indígenas à própria sorte numa integração forçada que, como já se sabe por experiências passadas, só trás sofrimento.
Os indígenas, sentindo-se atacados nos direitos que conquistaram com muita luta, já nos primeiros dias do ano começaram a se mexer. Reuniões e atos focalizados começaram a acontecer. Ao mesmo tempo, incentivados pelas palavras do novo governo, grileiros e mercenários a soldo dos fazendeiros iniciaram ações de invasão e de violência a diversas comunidades indígenas. Escolas queimadas, postos de saúde destruídos, ameaças, tiros, o mesmo velho recurso do terror.
Por conta disso o mês de janeiro foi bastante movimentado em vários estados brasileiros, com mobilizações e atos públicos. No último dia do mês, 31, em inúmeras localidades foram realizadas atividades de protesto. Fechamento de estradas, passeatas, debates e atividades de rua mostrando que as comunidades não ficarão apáticas diante dos ataques. Também já acontece uma intensa movimentação em nível internacional. Os povos indígenas brasileiros já há muito tempo ultrapassaram a fase da tutelagem, seja por parte do estado ou de organizações não-índias. Com movimentos autônomos bem estruturados eles se organizam e promovem suas campanhas. Não serão destruídos sem luta.
A batalha agora, com o início do ano legislativo, será ainda mais intensa, pois as bancadas do boi e da bala virão com força total, aliadas ainda a bancada da bíblia. O desejo dos fazendeiros é ampliar a fronteira do agronegócio, abocanhando as ricas terras indígenas. Há proposta de rever terras já demarcadas e também de controlar eles mesmos (deputados e senadores) o processo de reconhecimento e demarcação, o que na prática significaria não demarcar mais nenhuma terra. Não bastasse isso, com o Ministério da Agricultura na mão de representantes do latifúndio, é mais do que certo de que essa categoria ficará ainda mais fortalecida.
As terras indígenas demarcadas hoje no Brasil somam apenas 12% do território nacional e a esmagadora maioria fica na região amazônica que, historicamente tem sido mais protegida por conta de sua realidade ambiental. Sendo um espaço de selva tropical, a ocupação pelo agronegócio é mais dificultosa. Mas também existem terras preciosas no Mato Grosso do Sul e na região do Pantanal. Regiões como Bahia e Maranhão também tem importantes etnias em luta e praticamente em cada estado brasileiro tem algum grupo batalhando para garantir seu espaço de vida.
O movimento indígena brasileiro é forte e está preparado para enfrentar as grandes lutas que ainda estão por vir. Compreendendo cerca de um milhão de pessoas, os indígenas são minoria no país, mas tem uma longa tradição de resistência. Nesses tempos obscuros os povos originários precisarão ainda mais da solidariedade e da compreensão histórica de sua importância por parte dos movimentos sociais do país.
Não haverá saída solitária, nem para os indígenas, nem para os trabalhadores. Daí a necessidade de unificação das lutas e do entendimento por parte dos não-índios sobre o que significa o território para os povos indígenas. A terra, para as comunidades originárias, não é um espaço qualquer que se possa comprar ou vender. Ela é morada dos deuses, dos ancestrais, dos bichos que servem à vida, das águas e das gentes. Está, portanto, ligada de maneira visceral à vida de cada etnia.
Esse é um momento único no Brasil e deve servir para que índios e não-índios compreendam a necessidade de unificarem as lutas por um país capaz de apresentar saídas para todos, ainda que respeitando a singularidade de cada fração. Como já apontava o grande sociólogo colombiano Fals Borda, nossa América baixa, tropical e andina, tem todas as condições de construir um socialismo raizal (capaz de ir à raiz), democrático, solidário, com vida plena para todos construído desde os índios, os negros e os trabalhadores pobres.
Sepé: essa terra tem dono
Sepé Tiaraju é um Guarani que nasceu em data desconhecida, no 1700, na redução de São Luiz Gonzaga, quando ali vicejam as missões jesuíticas. Segundo a história, ele veio ao mundo durante uma epidemia que dizimou quase 30% da comunidade Guarani da região, a chamada “peste indígena” que de indígena não tinha nada. Pelo contrário. Era a escarlatina, uma doença trazida pelos brancos. Seu pai, o cacique Tiarajú teria morrido durante a peste e deixado o menino, com poucos dias de vida, com os padres. Ele também tinha pegado a doença, mas milagrosamente se salvara. Ficou com o corpo cheio de cicatrizes, uma delas bem na testa, em formato de meia-lua, o que ajudou a criar uma mística em torno dele. Dizem que ela brilhava nas noites escuras.
Criado pelos padres ele cresceu em paz, aprendendo tudo o que era possível aprender dos brancos, chegando a ser corregedor da missão de São Miguel. Quando o rei de Espanha Felipe VI decidiu entregar os Sete Povos das Missões para os portugueses, a ordem que chegou para os Guarani era de que evacuassem as cidades passando para o outro lado do rio Uruguai, sem que fosse levado em conta todo o processo construído ali por anos a fio. Foi quando o guerreiro despertou.
Sepé Tiarajú não aceitou a ordem e decidiu resistir organizando os indígenas para a luta. Numa carta ao rei ele afirmou: "Nossa riqueza é a nossa liberdade. Esta terra tem dono e não é nem português nem espanhol, mas Guarani". A partir daí foi a guerra e os Guarani enfrentaram os espanhóis durante três longos anos em sangrentos combates.
Sepé tombou num dia sete de fevereiro de 1756, numa batalha às margens da sanga da Bica, um afluente do rio Vacacaí, no município gaúcho de São Gabriel. Com sua morte, perdidos da mais importante liderança, os Guarani acabaram derrotados, sendo mortos às centenas, junto com vários padres, tanto pelos luso-brasileiros como pelos espanhóis.
Com o fim das missões na região que hoje corresponde a fronteira noroeste do Rio Grande do Sul encerra-se também um momento único na vida da América invadida, quando índios e brancos puderam compartilhar a vida. Sepé sobreviveu à morte, virou herói popular e há quem o considere santo. No ano de 2009 entrou para o panteão dos heróis da Pátria, como herói guarani missioneiro rio-grandense.
Naqueles dias, vencido Sepé, os portugueses comemoraram o fim do povo Guarani. Ledo engano. Os guarani sobreviveram aos massacres e hoje estão de pé, reivindicando seus territórios e o direito de viverem conforme seus costumes. Uma luta sem trégua desde a invasão. Dizem que nos campos sem fim das missões até hoje cavalga um índio, com uma brilhante meia lua na testa, chamando o povo para a batalha.
Gigante e inesquecível, Sepé vive em cada um e cada uma que hoje se levanta em rebelião. Viva Sepé, viva o povo Guarani. Viva a luta de todos os povos indígenas!
Indígenas reivindicam Casa de Passagem
Todos os anos, os povos indígenas, de vários lugares da região sul, caminham em direção ao litoral nos meses de verão. Sabem que nesses meses a vida pulsa, os turistas chegam aos borbotões e isso significa a possibilidade de boas vendas para sua arte ancestral. É uma maneira que encontram de garantir a comida e o bem estar da família nos meses seguintes. Porque a maioria das aldeias padece de falta de estrutura e as terras são pouco férteis. A arte indígena ainda é um recurso de sobreviência. Mas, quando chegam no litoral as famílias não encontram espaços para dormir ou comer, ficando muitas vezes ao léu, na rua. Em Florianópolis a luta dos indígenas e do movimento social garantiu há três anos um espaço num terminal desativado do Saco dos Limões e a promessa da construção de uma casa de passagem. Até agora nada da casa e as condições do terminal são cada vez mais difíceis. Por isso, segue a luta. É importante que as pessoas saibam que os indígenas, quando se movem, caminham com toda a família, com seus velhos, suas crianças e seus animais. Daí a necessidade de um lugar digno para que eles possam atravessas esses meses que são fundamentais para a existência no resto do ano. No programa Campo de Peixe, da Rádio Campeche a entrevista com Alzemiro Matias (Kaingang) e Joana de Freitas (Kaiapó).
Povos indígenas do Brasil reagem aos ataques do novo governo
Os ataques do novo governo aos povos indígenas, e a mudança administrativa que joga para a pasta da Agricultura a responsabilidade sobre a demarcação das terras originárias já estão provocando reação imediata das comunidades organizadas e autônomas que sobrevivem e lutam no território nacional.
Passados mais de 500 anos da invasão e uma sistemática política de extermínio ainda resistem 305 etnias que ocupam pouco mais de 12% do território brasileiro. A maior parte, quase 90%, fica na Amazônia, um espaço de exuberante floresta no qual as comunidades ainda podem viver segundo sua cultura e, de quebra, garantir a preservação de um bioma que é fundamental não apenas para o Brasil, mas para todo o planeta. Basta uma olhada nos aplicativos “Google Maps e Google Earth” e imediatamente pode-se perceber que onde tem comunidade indígena tem proteção e a floresta vibra. Onde tem usina ou fazenda, a vida míngua.
A Amazônia, por suas características climáticas e ambientais sempre foi um espaço de difícil ocupação, tanto que até hoje é a região com menor densidade demográfica. Mas, a riqueza de sua diversidade, os minerais e a voracidade da busca por energia (com a construção das usinas hidrelétricas) tem feito com que os olhos se movam cobiçosos para lá. E assim, o latifúndio, que já ocupa com o agro negócio mais de 60% do território, quer abocanhar esses 12% que estão sob a posse dos povos originários. A intenção do governo, atendendo ao desejo dos fazendeiros, é tirar os indígenas das terras “tornando-os cidadãos”, o que, na prática significa eliminar não apenas seu modo de ser no mundo, como a sua desintegração como ser humano que tem uma cultura própria, visceralmente diferenciada da cultura ocidental judaico/cristã. Seguindo os desejos do capital ultraliberal, os indígenas precisam ser incorporados como força de trabalho nas cidades e nos campos, sem direito a sua própria terra. Mais um episódio de acumulação primitiva que só servirá para destruir o modo de vida dos povos originários.
Nessa semana, depois de uma declaração do presidente de que os indígenas que vivem nas terras originárias são como animais em zoológicos, uma carta aberta dos povos Aruak Baniwa e Apurinã deixa bem claro sua posição com relação a essa proposta de torna-los “cidadãos”:
Não estamos nos zoológicos, senhor Presidente, estamos nas nossas terras, nossas casas, como senhor e como quaisquer sociedades humanas que estão nas suas casas, cidades, bairros. Somos pessoas, seres humanos, temos sangue como você, nascemos, crescemos, procriamos e depois morremos na nossa terra sagrada, como qualquer ser humano vivente sobre esta terra. Nossas terras, já comprovado técnica e cientificamente, são garantias de proteção ambiental, sendo preservadas e manejadas pelos povos indígenas, promovendo constantes chuvas com as quais as plantações e agronegócios da região do sul e sudeste são beneficiados e sabemos disso.
Eles também rechaçam firmemente a ideia de “integração” alardeada pelo presidente: “Já fomos dizimados, tutelados e vítimas de política integracionista de governos e Estado Nacional Brasileiro, por isso, vimos em público afirmar que não aceitamos mais política de integração, política de tutela e não queremos ser dizimados por meios de novas ações de governo e do Estado Nacional Brasileiro. Esse país chamado Brasil nos deve valor impagável senhor presidente, por tudo aquilo que já foi feito contra e com os nossos povos. As terras indígenas têm um papel muito importante para manutenção da riqueza da biodiversidade, purificação do ar, do equilíbrio ambiental e da própria sobrevivência da população brasileira e do mundo”.
Também nessa semana a Articulação dos Povos Indígenas do Brasil – APIB – entrou com uma representação na Procuradoria Geral da República solicitando o controle judicial da Medida Provisória assinada pelo presidente Jair Bolsonaro que passa para a pasta da Agricultura as atribuições sobre identificação, delimitação e registro de terra tradicionalmente ocupada pelos indígenas. Segundo a proposição da APIB essa medida afronta o Artigo 6º da Convenção 169 da Organização Internacional do Trabalho bem como uma série de outras leis nacionais.
A representação também solicita a instauração de um Inquérito Civil com o objetivo de investigar e monitorar os atos e processos administrativos de demarcação de terras indígenas que irão tramitar no Ministério da Agricultura, Pecuária e Abastecimento, bem como apurar eventual responsabilidade administrativa atentatória a moralidade administrativa, a democracia e ofensa de direitos culturais dos povos indígenas, baseada no Artigo.129, inciso V, da Constituição Federal de 1988.
Exigem ainda que sejam tomadas medidas urgentes a fim de evitar risco de danos irreparáveis aos povos indígenas pela suspensão e/ou interferência política nos procedimentos demarcatórios, atingidos pelo eventual comportamento da Ministra e seus subordinados.
Não bastassem as ações no campo da comunicação e do judiciário as entidades autônomas de organização indígena já estão preparando ações públicas contra o ataque a sua cultura e as suas terras. Segundo as comunidades, os importantes passos dados após a Constituição de 1988 não podem retroceder. E o Brasil não pode voltar a ter uma prática colonial, tal como a que marcou o etnocídio e o memoricídio pós invasão. Haverá luta.
Ministério da Agricultura regulará demarcação de terras indígenas
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| Foto: Rubens Lopes |
Uma das primeiras medidas provisórias do novo governo (MP 870) foi passar a competência de regularização das terras Indígenas e Quilombolas para o Ministério da Agricultura, Pecuária e Desenvolvimento. A ministra da pasta é Tereza Cristina, engenheira agrônoma que estava deputada federal pelo DEM/MS e era líder da Bancada Ruralista no Congresso. Também foi defensora da lei que flexibiliza o uso de agrotóxicos, o que significa mais venenos na mesa dos brasileiros.
Em tese, essa MP significa um duro golpe para as comunidades tradicionais, pois desde há tempos que o agronegócio quer se apropriar das terras que estão nas mãos dos povos originários e dos remanescentes dos quilombos. São terras ricas em fertilidade, em fármacos e em minerais. Agora, na mão de uma representante dos fazendeiros e agroexportadores é certo que o ataque será brutal.
Para os indígenas e quilombolas nada mais resta do que seguir a velha luta, travada desde os tempos da conquista. Afinal, em nenhum governo as coisas foram muito diferentes. Nos anos de governo do PT, por exemplo, houve pouca demarcação e muita omissão nos casos dos assassinatos sistemáticos. E, ainda que não houvesse ataques às terras já demarcadas, faltou ousadia ao antigo governo para uma ação mais afirmativa junto aos indígenas.
Durante vários anos a bancada ruralista tentou tirar a decisão sobre demarcação da mão do presidente da República, buscando passar para o Congresso, onde tinha maioria, mas não obteve sucesso. Agora, com a MP que dá ao Ministério da Agricultura esse poder, a velha proposta dos ruralistas fica mais viável, já que quem comanda o ministério é uma representante desses interesses.
Os povos originários brasileiros, em torno de 305 etnias, falando 274 línguas, com uma população de quase um milhão de pessoas, ocupam apenas 12% do território. Mesmo assim não conseguem viver suas vidas em paz. Os ruralistas querem rever várias demarcações e estão dispostos a “incluir” os povos que ainda têm suas próprias terras, no sistema de produção capitalista transformando-os em “trabalhadores livres”, o que na prática significa a extinção das comunidades e a transformação dos indígenas em indigentes nas cidades.
Na linguagem ideológica eles usam a expressão "progresso da nação", mas na verdade a apropriação das terras indígenas servirá apenas para engordar poucas contas bancárias.
A luta seguirá sendo dura. Mas, como diz Ailton Krenak, os povos estão aí, resistindo, há mais de 500 anos. E não vão esmorecer.
A volta dos espelhinhos
Quando os europeus chegaram às margens desse mundo que depois se chamou América encontraram um povo alegre, bonito, hospitaleiro, tendo cada um deles uma forma específica de produção da vida. Tanto os aruak, na ilha de Dominica, quanto os Pataxó na Bahia viram chegar as naves do mar e esperaram na praia, olhar atento e em paz. Tanto que basta ler as cartas de Colombo ou de Pero Vaz de Caminha e ali tudo está muito bem narrado. Os estranhos homens barbudos foram recebidos sem qualquer temor. Os indígenas trocaram presentes, entraram nos navios, tocaram as roupas bizarras e se encantaram com as diferenças.
Mas, em vez de viver o encontro e conhecer as pessoas que lhes ofereciam guarida, os espanhóis só pensavam em roubar seu ouro e fazê-los escravos. Assim, enquanto mandava distribuir contas e espelhos, que encantavam os autóctones, Colombo escrevia ao rei: “Trouxeram louros, bolas de algodão, lanças e outras coisas que trocaram conosco por contas de vidro. Não tiveram qualquer inconveniente em nos dar tudo o que possuíam... Eram de forte constituição, corpos bem feitos e boas feições... Não carregam armas de fogo, não as conhecem. Ao tocarem numa espada, a tomaram pela lâmina e se cortaram sem saber o que fazer com ela. Não trabalham o ferro. Suas lanças são feitas de taquara... Seriam uns criados magníficos... Com cinquenta homens os subjugaríamos e com eles faríamos o que quiséssemos” .
Criados magníficos, serviçais, seres para serem subjugados. Assim pensavam os invasores. E assim procederam. Entraram nas terras e devastaram tudo. Em menos de 40 anos depois da chegada, mais de dois terços da população estava morta. As gentes ou tinham sido passadas pela espada, ou tinham perecido pelas doenças trazidas pelos europeus e contra as quais não tinham anticorpos. Os que sobraram do massacre foram escravizados, ou empurrados para o interior, onde mais tarde também foram perseguidos e mortos. Das quase cinco milhões de almas que havia por aqui, só na terra brasílis, 400 anos depois, no início do século 20, eram apenas 120 mil. Tudo apontava para seu fim.
Mas, não foi assim. Os povos originários resistiram, mantiveram sua cultura, seus deuses, sua memória ancestral e foram lutando, do seu jeito. No Brasil, figuras como o Marechal Rondon e os irmãos Villas Boas conseguiram garantir que muitas etnias se salvassem do extermínio, encontrando caminhos para a continuidade da existência, consolidando espaços de proteção. As populações cresceram e hoje os povos indígenas somam quase um milhão de pessoas. Iniciaram as retomadas de suas terras e reivindicam seus espaços originais para que possam dar vazão ao seu modo de vida.
É certo que todas as etnias, mesmo as que estão entranhadas na floresta amazônica não podem negar a relação com os não-índios, afinal, são mais de 500 anos convivendo/combatendo. E sabem que, de alguma maneira, precisam encontrar caminhos de relação. Darcy Ribeiro, um dos mais importantes antropólogos brasileiros, acreditava que esse encontro poderia acontecer num processo natural, e que todos poderiam um dia constituir o que ele chamou de “povo brasileiro”. Mas, tudo isso teria de se fazer de maneira livre, sem imposição da cultura de um sobre o outro. Coisa que nunca aconteceu. As já bem conhecidas propostas de integração do indígena na sociedade capitalista de produção nunca foram boas para os povos originários.
Doas anos 90 em diante os povos originários avançaram muito no seu processo de luta e autonomia. Boa parte deles saiu da tutela das igrejas e do estado, passando a exigir direitos e não mais caridade. Tocaram então num ponto crítico para o capital: a terra. Hoje, os povos indígenas tem a posse de 12% do território em suas terras demarcadas. E o agronegócio, que avança como no passado avançavam as famosas “bandeiras” (grupos de matadores de índios que iam abrindo fronteiras), tudo o que quer é se adonar das terras indígenas, cheias de água, floresta, riquezas minerais. E para garantir que as terras deixem de ser esses espaços de proteção e de vida há que eliminar o índio.
Qual a solução encontrada, então? De novo, distribuir espelhos e contas, atraindo-os para a armadilha da destruição. O índio ainda é visto como um “criado magnífico” e é isso que o capital quer fazer com ele. Transformá-lo num trabalhador, sem terra e sem o controle dos meios de produção. Apenas um corpo com força de trabalho que será usado, explorado e jogado fora.
O novo presidente eleito insiste em balançar os espelhos: “os índios querem ser como nós”. De onde ele tirou isso? Lembro aqui as palavras de Hatuey, o cacique taíno, supliciado pelos "caridosos" padres espanhóis. Pouco antes de morrer, sob horríveis torturas, e com um padre querendo convertê-lo ao cristianismo, ele perguntou:
- Lá, no céu dos cristão, estarão os padres e os espanhóis?
E o padre respondeu que sim, lá estariam todos os cristãos.
Ele então negou a conversão. “Não quero o céu. Quero o inferno. Porque lá não estarão e lá não verei tão cruel gente”.
Todo indígena que já sentiu a crueldade do homem branco, que é na verdade o representante do sistema que explora e exclui, sabe muito bem que esse é um sistema que não tem lugar para ele.
Pode até ser que haja um ou outro, já completamente tomado pela lógica do capital, afinal, são mais de 500 anos sendo bombardeado com isso. Mas, com certeza não é o pensamento da maioria.
Os indígenas querem viver suas vidas, no seu modo de existência, em paz. Não querem se transformar em mão-de-obra para o capital, sem suas terras e perdidos de sua cultura.
Bolsonaro acena com a promessa de distribuir “royalties” das usinas e barragens que quer construir nas terras dos índios. São as contas e os espelhinhos. Essa história já foi contada há mais de 500 anos e deu ruim. Deu ruim para os indígenas. Deu bom para os capitalistas. E isso está gravado na memória, gravado no corpo.
Não se trata de manter os povos originários isolados do mundo dos brancos. Isso não é mais possível. O que se trata é de garantir a eles a terra e a autonomia. Se eles quiserem se aculturar, que o façam, devagar e conscientemente. Não pode ser pelo engano ou pela violência.
O brilho das contas sempre será forte. Mas, assim como no passado tivemos Hatuey, Guaicaipuru, Enriquillo, Sepé Tiaraju , Micalela Bastidas e tantas outras, haveremos de ver assomar as lideranças do hoje, recusando o “céu” do capital, porque ali estão as mais cruéis gentes.
Uma nova etapa de luta começa. Um eterno retorno. E como diria Quixote, contra os gigantes, travando uma longa e feroz batalha. Os 500 anos de violência não exterminaram as gentes originárias. E elas seguirão!
Observatório Indigenista - A Política Indigenista de Bolsonaro
Programa de análise da Política Indigenista no Brasil, com participação de Nuno Nunes (Filósofo e Indigenista), João Maurício Farias (Cientista Social e Indigenista) e Cris Tupan (Assistente Social e Indígena).
Um mundo em pedaços, mas que caminha!
Darcy Ribeiro já mostrou, através de seus inúmeros livros, que é a fazenda que dá início à sociedade brasileira. E a fazenda é coisa que se fez e se consolidou única e exclusivamente por conta da escravidão. Primeiro com a escravidão dos indígenas e, depois, a dos negros. Os brancos, invasores, não queriam saber de trabalho. Matavam os índios, ocupavam as terras, cultivavam com as técnicas mais rudimentares, esgotavam o solo e partiam para outra fazenda. A imensidão do “mundo novo” parecia não ter fim. A lógica da fazenda criada nas américas era o nascedouro do sistema capitalista, pois tinha uma organização empresarial que integrava a mão-de-obra numa única unidade operativa destinada a produção para o grande mercado, sob o comando de um patrão, que visava lucros. “O novo mundo não era uma nação, era uma feitoria”.
Conhecer esse processo de destruição das culturas que viviam nas terras invadidas em 1500 deveria ser fundamental para entender o presente. Mas, essa é uma história bem escondida, porque trazê-la à luz significa encontrar milhões de cadáveres sob o tapete e se deparar no espelho com uma imagem feia demais. Melhor acreditar que foi um “encontro de culturas” e que venceu a “civilização”. Domesticados, evangelizados, os povos pagãos que aqui viviam poderiam encontrar a salvação no céu. Assim pensava o padre José de Anchieta, que se “emocionava” em saber que as crianças indígenas que eram mortas em profusão, iriam para o céu, porque tinham sido batizadas.
Passaram-se 500 anos e a empresa fazendeira criada pelos que invadiram essas terras ainda continua. O tempo passou, as lutas foram travadas, mas a vitória segue na mão daquele 1% que historicamente se apossou de tudo. Hoje, como antes, não temos um país, mas uma empresa. E, numa empresa só vale o que dá lucro. O que é “inútil” ao capital precisa ser eliminado.
Por isso não é novidade alguma a dança das cadeiras que o novo governo vem fazendo com a Funai, entidade que deveria cuidar dos interesses dos povos indígenas que, a duras penas, vêm mantendo suas existência na grande fazenda Brasil. Num momento diz que vai acabar com a Funai, noutro que ela vai para esse ou aquele ministério. E os povos indígenas ficam com os olhos arregalados vendo os “fazendeiros” traçarem planos.
Na verdade, pouco importa se a Funai fica ou vai nesse redemoinho de pastas e espaços que servem muito mais de acomodação para os “amigos do rei”. O que tem de ser visto aí nesse cirandeio é a relação que o novo governo terá com os indígenas. O presidente eleito já disse claramente, ele que parece ser um conhecedor profundo da alma autóctone: “os índios querem ser como nós”. Ao pronunciar essa frase lapidar já aponta o caminho da já conhecida fórmula da integração. O índio precisa virar branco, porque ele precisa se transformar num trabalhador. Ou seja, ele tem de vender sua força de trabalho, gerar mais-valia para algum patrão e consumir tudo que ganhar para enriquecer outro patrão. Simples assim.
Com essa política de “inclusão” do índio na vida “branca” tudo estará resolvido. As terras reivindicadas serão tomadas pelo estado e poderão ser doadas ou vendidas a preços módicos aos velhos amigos. A fazenda Brasil ficará ainda maior. Francisco Fernández-Bullón, num texto brilhante sobre o papel das corporações na América Latina, mostra como o Brasil vem se transformando cada dia mais no que ele chama de uma “ditadura da soja”, na qual quem dá a linha sobre a vida são as grandes empresas transnacionais que dominam a tríade: sementes transgênicas X agrotóxicos X remédios. Esses fazendeiros modernos querem alargar as fronteiras da soja no Brasil e para isso precisam avançar sobre todas as terras. E esses 12% que hoje estão nas mãos indígenas são quase como as joias da coroa: férteis, ricas em minerais e com plantas passíveis de se transformarem em produtos farmacêuticos.
Assim que a proposta de Bolsonaro que visa transformar o índio em “um de nós” não tem nada de humanista nem de generosidade. O que está em curso é justamente mais uma etapa da acumulação primitiva do capital e significa o sacrifício de mais vítimas ao deus dinheiro. O “um de nós” que ele quer transformar é fazer do indígena um trabalhador espoliado e explorado. Um a mais na moenda, para ser sangrado até a última gota.
Mas, como diz Ailton Krenak, os indígenas têm resistido por mais de 500 anos e não vai ser agora que eles vão sucumbir a uma mentira tão sem fundamento. Assim, com Funai ou sem Funai, as comunidades organizadas em entidades autônomas, livres da tutelagem de igrejas ou ongs, vão encontrar caminhos de luta.
Nas páginas dos jornais, os “paladinos da Justiça” e os “bons cristãos” seguem gerando cortinas de fumaça falando em acabar de vez com a corrupção no Brasil. O que eles não dizem é que a corrupção é constituinte do capital e que nessa cruzada moralista – que logo mostrará sua ineficácia - as vítimas serão as mesmas de sempre. Ou seja, nós, trabalhadores, quilombolas, indígenas, ribeirinhos.
Tal como em 1492 os invasores chegaram com a cruz querendo levar os pagãos ao céu, os novos cristãos empunham seus símbolos para matar, ofender, triturar e explorar em nome da fé no capital. E assim como Anchieta se deleitava em ver os indiozinhos morrerem cristãos, esses novos fazendeiros (que na verdade são vassalos) querem se deleitar em ver os índios de hoje entrarem para a “civilização” que os engolirá.
O que eles não sabem é que aqueles indiozinhos mortos à facão pelos invasores foram semente, como todos os outros que tombaram, seguem brotando. Os povos originários seguirão em luta porque esse é um campo que conhecem bem demais. A mentira da integração é forte, sabemos, mas toda mentira tem perna curta. E os povos sabem onde lhes aperta o calo.
Avante, parentes. Mesmo sem pernas, como diz Residente, a gente vai caminhar.
No Peru, Wampis declaram o primeiro governo autônomo indígena
Numa decisão inédita, o povo Wampis da Amazônia peruana se reúne e decide criar seu próprio governo, de maneira autônoma, ainda que não renuncie a cidadania peruana. Frequentemente desrespeitados pelo governo, que não cumpre o que determina a Constituição, essa deliberação obedece a uma longa luta dessas comunidades na defesa de seu território e cultura.
Segundo informações enviadas por líderes dos wampis, esta iniciativa “surge para defender o território ancestral de 1,3 milhões de hectares de bosques tropicais e para cumprir os compromissos climáticos assumidos pelo governo peruano”.
A decisão de confrontar o governo foi tomada num domingo quando se reuniram 300 representantes de 85 comunidades. “Ainda seremos cidadãos peruanos, mas essa unidade nos dará a força política que necessitamos para explicar nossa visão ao mundo e aos Estados e empresas que somente veem ouro e petróleo em nossos rios e bosques”.
Os wampis afirmam que seu novo estatuto de povo livre e autônomo se baseia nas obrigações do estado peruano que precisa respeitar os direitos e a autonomia dos povos e nações indígenas, entre elas a que requer que qualquer atividade que possa afetar seus territórios conte com o consentimento prévio, livre e informado de toda a nação. “Apesar do compromisso do governo para reduzir o desmatamento e garantir a segurança jurídica dos territórios indígenas, o Estado segue entregando os territórios a empresas petroleiras, florestais e de produção de azeite sem qualquer consulta”.
As lideranças afirmam que enquanto o governo do Peru e outros governantes estão em Paris (na conferência COP21) falando sobre como vão proteger os bosques tropicais e reduzir a contaminação, os wampis estão realizando ações concretas no seu território para contribuir com a meta global. Eles reconhecem e reafirmam que seu território é integral e estabelecem os mecanismos para seu uso e administração. “O território não pode ser dividido por comunidades, nem a água, o bosque, o subsolo. É tudo uma coisa só. Ter um governo autônomo nos servirá como ferramenta de defesa para nosso território que ainda não está titulado”.
Os wampis indicam também que esse governo próprio servirá para que sejam enfrentadas as diversas ameaças que os rodeiam, como a invasão das comunidades por colonos bem como a demarcação de um lote petroleiro e uma grande represa na região de Manseriche.
Os wampis asseguram que a declaração formal de seu governo é resultado de um longo processo, de vários anos, os quais estiveram acompanhados de estudos antropológicos, jurídicos e biológicos. “Estamos muito felizes por termos alcançado nosso sonho, reunimos todas as nossas comunidades dos rios Kankaim e Kanus para unir e defender nosso território, agora seremos uma unidade."
Uma rádio para expressar a voz wampis
Entre as primeiras ações do governo autônomo foi acordado concretizar um dos sonhos da nação Wampis: instalar em seu território a primeira rádio indígena da Amazônia no país, visando assim difundir sua cultura, suas demandas e suas propostas. Para alcançar este sonho, várias ações foram realizadas durante meses. No início de junho, uma primeira viagem foi feita para instalar a base da antena para a estação de rádio na comunidade nativa de Soledad.
Com o apoio da própria comunidade e de suas autoridades, foi possível transportar o material de construção e tudo foi se concretizando. Depois, graças a uma parceria solidária, uma antena, o transmissor e outros equipamentos e implementos foram adquiridos para equipar a cabine de transmissão. Agora, para poder concluir com este projeto, é necessário fazer uma segunda viagem para trazer novos materiais e implementar um sistema alternativo de energia baseado em painéis solares para fornecer energia segura à estação de rádio.
Por esta razão, a nação Wampis organizou e criou uma conta bancária para receber contribuições de solidariedade, e assim poder realizar este desejo de exercer o seu direito de se comunicar.
Quem quiser ajudar o povo Wampis pode fazer doações nessa conta: Dólar Conta Interbank: Código 0463089043411 interbancário: 003-046- 013089043411-06
Quem são os Wampis
Os Wampis também são conhecidos com o nome "huambisa". Eles preferem ser chamados de wampis ou shuar. Contam que o nome wampis vem de uma espécie de peixe que, de acordo com o relato do povo, tem a qualidade de escapar facilmente de seus predadores. Sua história está intimamente ligada com o povo awajún, com quem compartilham uma tradição histórica e cultural. Além disso, seus idiomas pertencem à mesma família linguística (Jíbaro).
Como os awajún, os wampis são conhecidos por sua habilidade como guerreiros e pela forte resistência que têm frente às distintas populações que invadem seu território. Esses dois povos resistiram pacificamente contra as leis ditadas por Alan García para arrebatar seus territórios, e foram atacados militarmente pelo céu e pela terra no dia cinco de junho de 2009. A justiça do sistema processou as vítimas e não os atacantes dirigidos por Alan García, Yehude Simon e Mercedes Cabanillas.
O povo wampis vive principalmente na zona norte dos departamentos de Amazonas e Loreto, perto da fronteira com o Equador. A população das comunidades wampis está estimada em 10.177 pessoas.
A resistência dos wampis não é de hoje, historicamente sua força e luta influenciaram o fracasso das missões em 1704, quando os jesuítas foram expulsos do território pelas famílias Jíbaro. Anos depois, em 1769, os padres foram expulsos de todo o território da Amazônia peruana.
Em 1977, os wampis criaram, junto com os awajún, o Conselho Aguaruna e Huambisa (CAH). Esta foi a primeira organização indígena amazônica com caráter regional e interétnico, o que significou muito para o fortalecimento institucional e identitário destes povos. A força desta e de outras organizações regionais possibilitou aos awajún e aos wampis aceder e controlar politicamente algumas alcadías (prefeituras) em Condorcanqui (MINCU 2015).
Fuente: Wampis “huambisa” Lucha Indígena N° 122 . Lima, Perú.
É de Roraima a primeira mulher indígena no Congresso Nacional
Até ontem, sete de outubro de 2018, o lendário Mário Juruna, nascido na aldeia Xavante Namakura, no estado do Mato Grosso, constava como o primeiro e único indígena brasileiro a ter um mandato federal.
Ele foi eleito em 1982, pelo PDT, partido que tinha como principal liderança Leonel Brizola. Juruna ficou famoso nos anos 70 quando percorria os gabinetes da Fundação Nacional do Índio, em Brasília, lutando pela demarcação de terra para seus parentes. Ele andava sempre com um gravador pendurado, porque necessitava gravar tudo os “os brancos” diziam, porque, como afirmava, era muito comum não cumprirem a palavra. Sua figura ganhou força nacional e em 1982 saiu candidato pelo estado do Rio de Janeiro, conquistando 31 mil votos. É dele o projeto que criou a Comissão Permanente do Índio no Congresso Nacional, fato que acabou levando as questões indígenas a terem um reconhecimento formal.
Mas, desde ontem outro nome indígena figurará nos registros do Congresso Nacional. Desta vez, uma mulher, da etnia Wapichana: a advogada Joênia Wapichana, eleita pelo estado de Roraima como deputada federal, na sigla REDE. Ela recebeu perto de nove mil votos. Joênia tem 43 anos e também foi a primeira indígena do Brasil a exercer a profissão de advogada. Formou-se em Direito na Universidade Federal de Roraima, em 1997, e na University of Arizona, nos Estados Unidos.
Joênia saiu de sua aldeia quando tinha oito anos, indo viver com a mãe em Boa Vista. Lá fez o ensino médio e trabalhou num escritório de contabilidade enquanto cursava a faculdade de Direito. Teve participação ativa na demarcação da Terra Indígena Raposa Serra do Sol e na defesa dos direitos indígenas da região norte do país. Sua ação lhe rendeu prêmios e condecorações.
Agora, na Câmara Federal, enfrentando uma das formações mais conservadoras e reacionárias dos últimos tempos, terá uma tarefa gigantesca. Ser a representante de mais de um milhão de pessoas, de variadas etnias, que conformam os povos originários do Brasil.
A luta dos povos indígenas no Brasil tem sofrido fortes revezes com a violência estrutural sendo cada dia mais reforçada, além da tentativa de reverter demarcações já realizadas e impedir novas demarcações. As bancadas da bala e do boi têm sido poderosas no lobby contra os indígenas e insistem em trazer para dentro do Congresso a decisão sobre o tema. Joânia terá sob seus ombros a tarefa de, institucionalmente, comandar a luta contra o retrocesso no que diz respeito às questões indígenas. Enfrentará não apenas a força do latifúndio, mas também a voracidade do capital, ainda mais fortalecido pela constituição de uma maioria significativa no Congresso Nacional.
O norte também é Abya Yala
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| Batalha de Little Bighorn, onde morreu Custer |
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| O grande chefe Sioux Touro Sentado |
Quando Colombo chegou às Antilhas, viviam mais de 25 milhões de pessoas na parte norte de Abya Yala, onde hoje são os Estados Unidos e Canadá, e, ainda que na parte baixa das terras os espanhóis dizimassem milhões, os povos do norte continuaram vivendo em paz por quase cem anos além. Havia centenas de etnias, centenas de línguas e as gentes cultivavam o milho, verduras e frutas. Conheciam e produziam o chocolate e o tabaco. Na região onde hoje é a Pensilvânia vivia a mais poderosa etnia do noroeste: a dos Iroqueses. Eles tinham por costume trabalhar coletivamente a terra, caçar em equipe e dividir as presas entre as famílias. As mulheres cuidavam dos cultivos assim como das questões do povoado. As crianças recebiam uma educação na qual eram ensinados os valores iroqueses e a solidariedade para com os membros do grupo. Também ensinavam a ser independentes e a não submeterem-se aos abusos de qualquer autoridade. Era um povo livre. Assim descreve a cultura iroquesa o escritor Gary Nash, no livro de Howard Zinn, “A outra história dos Estados Unidos”:
“Antes da chegada dos europeus não havia leis, nem polícia, nem juízes, nem julgados, nem prisioneiros. Nada da parafernália autoritária das sociedades europeias. Mas, mesmo assim, estavam firmemente estabelecidos os limites do comportamento aceitável. Apesar de se orgulharem do indivíduo autônomo, os iroqueses mantinham um sentido estrito de bem e mal... Se desonrava e tratava com ostracismo ao que roubava alimentos alheios ou se comportava de forma covarde na guerra, até que houvesse expiado suas más ações e demonstrado sua purificação moral aos demais”.
Conforme conta Howard Zinn, os iroqueses tinham linguagem escrita, suas próprias leis, sua história guardada na memória e transmitida de geração a geração. Tinham um vocabulário oral muito mais complexo do que o dos povos europeus, acompanhado de cantos, bailes e cerimônias dramáticas. Cuidavam do desenvolvimento da personalidade de seus filhos, incentivavam a independência, a paixão, a potência e exigiam uma relação de respeito com a natureza. Uma forma de viver que contrastava tremendamente com a dos povos invasores, cheios de cobiça, individualismo e violência. Eles tinham vagas notícias das hordas que andavam pela parte baixa de Abya Yala, e só cem anos mais tarde se encontrariam cara-a-cara com essa gente.
Quando em 1607 chegaram os primeiros ingleses na região onde hoje estão Estados Unidos, aquele era um espaço de muitas nacionalidades. Jamestown, a primeira colônia de migrantes ingleses, foi fincada bem no território de uma confederação indígena liderada por um líder chamado Powhatan. Os índios observaram as levas de gente branca chegando, mas mantiveram-se em estado de espera. Em alguns momentos chegaram até a acolher os famintos, como em 1610, quando uma onda de fome assolou a colônia. Mas, em vez de agradecimentos, os ingleses reagiram com violência, iniciando um ataque a um povoado indígena alegando que era para recuperar aqueles que haviam se abrigado entre os originários para escapar da fome. Mataram as gentes, sequestraram a rainha e seus filhos, queimaram o trigo e as casas e, mais tarde, ainda jogaram os filhos da rainha no rio, matando-a a navalhadas. Uma atitude de violência desmedida.
Por conta disso, e vendo crescer as colônias inglesas, prenunciando novas atrocidades, os indígenas decidiram enfrentar a invasão. Foi quando também atacaram um povoado branco, matando mais de 300 pessoas. Desde aí, as batalhas se seguiram e a destruição nunca mais parou. Howard Zinn recuperou um documento que havia sido escrito pelo chefe Powhatan, um pouco antes do começo desta luta sem fim:
“Já vi morrer duas gerações da minha gente. Conheço a diferença entre a paz e a guerra. Por que tomam vocês, pela força, o que poderiam ter por via pacífica? Por que querem destruir aqueles que lhes abastecem com alimentos? Que podem ganhar com a guerra? Por que nos têm inveja? Estamos desarmados e dispostos a dar-lhes o que pedem se vêm em tom de amizade. Não somos tão inocentes para ignorar que é muito melhor comer boa carne, dormir tranquilamente, viver em paz com nossas esposas e nossos filhos, rirmos e sermos amáveis com os ingleses e comerciar para obter seu cobre e sua lenha, que fugir deles e viver mal nos bosques frios, comer raízes e outras porcarias, e não poder comer nem dormir por conta da perseguição que sofremos.”
Mas, nem esta bela demonstração de inteligência política foi capaz de deter a cobiça e a destruição. E, tal qual os primeiros colonos da Virgínia, os demais que foram chegando não encontraram terras vazias. Todas elas eram habitadas por comunidades originárias que ali viviam, mas que estavam dispostas a dividir, viver em paz. Já os ingleses não queriam dividir nada. Queriam as terras e iniciavam a guerra, usando as velhas e eficazes técnicas de Cortéz: ataques deliberados a povos pacíficos, não combatentes, que aterrorizavam os inimigos e ainda dividiam as comunidades. Tanto que 70 anos depois da construção da primeira cidade, em 1676, conta-se de uma famosa rebelião liderada por Nathaniel Bacon, que tinha por objetivo ampliar os limites de Jamestown, tomando mais terras dos índios. Ele chegou a criar um batalhão, fora da oficialidade, e por isso foi considerado “rebelde”.
Com o passar do tempo, as colônias criadas na Costa Leste foram se consolidando e ocupando os espaços. Muitos extermínios se deram e os indígenas já sabiam que ali estava o início de um novo tempo, com a horda de ladrões de terra avançando cada vez mais sobre seus territórios. E, mais tarde, pouco antes da independência, as colônias se debatiam entre o que acreditavam ser três grandes perigos: os índios, os escravos e os brancos pobres. Passados mais de 100 anos da chegada dos primeiros colonos, a lógica capitalista de divisão de classe, a escravidão, a concentração de riqueza nas mãos de alguns e a violência generalizada dos ricos criavam um barril de pólvora para a elite dominante. Havia muito medo de que negros e índios pudessem se unir e derrotar os brancos. Na década de 1750 a 1760 havia na zona mais populosa da colônia perto de 40 mil escravos e 60 mil índios, das etnias Creek, Cherokee, Choctaw e Chickasaw. Não foi à toa que chegaram a ser aprovadas leis impedindo os escravos de circularem pelos territórios ocupados por comunidades indígenas. Politicamente, a elite ainda buscava criar animosidades entre as duas etnias, para evitar a perigosa junção. Também atiçavam os preconceitos junto aos brancos pobres, outra classe bastante temida. O racismo nascia, assim, para resolver um problema prático: impedir que os oprimidos – em maior número - pensassem em revoluções.
E foi para fugir deste “perigo” que as elites coloniais decidiram inventar uma forma segura de unir todo o povo branco, incluindo pobres, ricos e classe média: iniciar uma revolução contra a Inglaterra para garantir a independência da colônia. Com essa luta, eles poderiam tomar conta de todas as terras, sem mais conceder qualquer riqueza à Inglaterra, e, de quebra, ainda desativavam possíveis rebeliões criando um grande consenso nacional. Foi, no entender de Howard Zinn, uma operação genial dos chamados “Pais da Pátria”, que estabeleceram a marca da cultura política estadunidense, baseada no paternalismo e no autoritarismo.
Neste processo de luta pela independência, os povos originários não foram incluídos. E, eles sabiam muito bem que, caso houvesse a ruptura com a Inglaterra, haveria muito mais desgraça para eles. É que durante o período colonial a Inglaterra fez um acordo com os indígenas, tornando zona proibida as terras para além dos Montes Apalaches. Não foi sem razão que muitas etnias lutaram contra os confederados durante a guerra de independência. Eles tinham consciência que, vencidos os ingleses, a última fronteira que os separava do saque do povo branco estaria devassada. Não estavam errados.
A corrida para o Oeste
No Brasil sempre foi bastante comum se ver nos cinemas os filmes de faroeste (corruptela de Far West – que em inglês quer dizer “para o oeste”). Eram os chamados filmes “de mocinho”. E, é claro, os mocinhos sempre foram representados pelos pistoleiros americanos que protegiam suas famílias e propriedades dos ataques dos “selvagens” (os índios). Esta foi a imagem que o cinema estadunidense enviou para o mundo, a qual fez a cabeça de milhões de pessoas. Nos filmes, os pioneiros que avançavam pelo território inóspito e selvagem eram sempre os heróis. Mas, o fato é que estes territórios invadidos pelos brancos já eram milenarmente ocupados por nações indígenas, portanto, nada havia de heroico nesta corrida para o Oeste. Era, na verdade, uma ação de rapina. Os colonos seguiam com suas carroças em busca do ouro. No caso da América do Norte essa invasão se consolidou depois da Guerra de Independência. Vencidos os ingleses estavam nulos os acordos feitos com as nações indígenas da parte oeste do país. A saga colonizadora se espraiaria pelo país adentro.
Em 1849 inicia-se um grande rebuliço na fronteira quando começam a espalhar que havia ouro na Califórnia, território violentamente recém-conquistado do México. É aí que o governo começa a incentivar a marcha para o Pacífico. Até então os brancos já tinham ocupado a metade leste do país, até Iowa, Missouri, Arkansas. Agora avançavam pelo país, levando bugigangas e cobertores, acreditando que com isso poderiam contar com a “boa vontade” dos índios e fazer com que eles saíssem do caminho. Para os colonizadores, os indígenas não passavam de selvagens e ninguém estava preocupado em respeitar a cultura ou o modo de vida das comunidades. Muito menos a terra.
Mas, além da busca do ouro ainda havia outros motivos para esta marcha ao Oeste. Os grandes proprietários de terra, que já enchiam as burras no sul, também queriam expandir seus negócios e sonhavam com grandes plantações tocadas pelos negros escravos. Assim, a região, até então espaço dos indígenas passou a ser também palco de disputa das próprias famílias brancas. Cada uma, a seu modo, buscando riquezas, riscava o país com os imensos carroções puxados por parelhas de cavalos, e abria caminho pelas terras antes desconhecidas no rumo da costa oeste. Nesta jornada, que para as famílias se configurava numa epopeia, quem acabou pagando caro foram as nacionalidades autóctones. Algumas delas, bastante amistosas, como a dos kickapoos, acabaram ajudando esse processo, ensinando a língua e os costumes daqueles que logo seriam os inimigos a serem enfrentados. Vem daí essa propaganda ideológica de retratar os índios sempre como os selvagens, os que impediam o progresso da raça branca e do grande país dos Estados Unidos. Não é sem razão que os homens que se perpetuaram na história daqueles dias tenham sido os “matadores de índios”, como é o caso de Búfalo Bill, tido como um herói nacional. Até hoje são cantadas em versos e prosas as aventuras deste homem que iniciou sua vida de “herói” aos 11 anos, quando matou seu primeiro índio.
Nesse caminho para o Oeste os colonizadores iam fincando fortes e exterminando as gentes. Assim foi com os Sioux, os Cheyennes, Kiowas, Comanches e os Arapahos. Naquele mundo de “guerra à morte” em busca do ouro, também abundavam os caçadores de animais selvagens, que matavam aos milhares, desequilibrando ainda mais o mundo originário. Um exemplo disso foi o da caça ao Búfalo, animal sagrado para os indígenas daquela parte dos Estados Unidos. Contam os historiadores que quando a caminhada dos brancos em direção ao Oeste começou, ainda havia certa convivência pacífica com os índios, mas, passados cinco anos, o nível de violência foi tão alto que mesmo as etnias mais impassíveis passaram a resistir. A caça sanguinária ao búfalo foi um grave detonador. Os documentos oficiais não deixam dúvidas de que foram os brancos a causa de toda a violência do oeste. Assim diz um relatório formulado por uma comissão presidencial em 1869:
“Toda a história da relação do homem com os índios na fronteira é um relato revoltante de assassínios, atrocidades, roubos e iniquidades praticadas quase sempre pelo primeiro, e de explosões selvagens ocasionais e barbaridades excepcionalmente cometidas pelos últimos, em represália”.
Com a vitória da colonização do oeste, a partir de 1867, outra praga chegou para piorar a situação dos indígenas: a estrada de ferro. As tribos mais antigas, dos Kiowa, Cheyennes, Arapahos e Comanche aceitaram subscrever o Tratado de Medicide Lodge, o qual dava a eles o território que é hoje o Estado de Oklahoma, e prometia não incentivar aldeamentos de gente branca entre os rios Arkansas e Platte. Os chefes mais antigos decidiram acatar o acordo, mas os mais jovens desconfiavam que os bancos não o fossem respeitar. Isso causou divisão entre os índios. Já os bravos Sioux, liderados por Nuvem Vermelha, se recusaram a assinar o tratado e seguiam resistindo à invasão. Por conta destas resistências o governo central enviava mais tropas para a região, recrudescendo a violência. Era um tempo de muita dor para as comunidades indígenas. E foi por aqueles dias que se destacou também o sanguinário general da Sétima Cavalaria, George Custer.
Também foi com a chegada da estrada de ferro e a formação das pequenas vilas que os búfalos começaram a sumir, seja pelo extermínio, seja porque fugiam do burburinho humano. Os brancos, que não tinham a mesma devoção pelos búfalos como os indígenas, caçavam sem parar. Para se ter uma ideia, em apenas uma década, pouco depois da guerra civil, foram dizimados milhões de búfalos, acabando assim com a base ecológica e material da vida indígena. Para os povos originários da região, o búfalo era sagrado. Dele vinha a carne, a pele, os arreios dos cavalos, a casa, as roupas, a cama. Havia o tempo de caçar e tudo era feito segundo um ritual sagrado. Mas, essa cultura não era respeitada, os brancos acabavam com o búfalo e forçavam as comunidades a sair do caminho. E os índios partiam para outras terras. Só que ao chegar, não havia o búfalo, então eles tinham de ir, cada dia mais, se rendendo à lógica das reservas organizadas pelo governo.
Os caçadores de búfalo eram tão importantes para a política de “limpeza” do capitalismo imperante que até foi instituída uma medalha para oferecer aos que mais matassem esse animal. Num dos lados da medalha havia um búfalo abatido, e no reverso, a figura de um índio desconsolado. Estes animais eram criaturas absolutamente dóceis e um homem com um revólver podia matá-los sem problemas. Corriam pouco e não ofereciam resistência. O filme “Dança com Lobos” é um belo retrato do que significava o búfalo para os índios e sua total docilidade, apesar do aspecto.
Os homens brancos não queriam saber dos índios por perto dos caminhos da estrada de ferro, por isso delimitaram reservas de onde eles não podiam sair. Assim diz um informe do General Sheridan, um dos chefes da campanha de extermínio índio: “Escolhemos e proporcionamos reservas para todos [os índios] fora das grandes vias de penetração. Os que permanecem nas suas antigas regiões de caça são inimigos e devem ser tratados como tais. O país é tão grande que não podemos fazer uma guerra só e vencê-la. Em vista disso, somos obrigados a arriscar-nos e a eliminar os índios à medida que os encontramos”. Ainda assim, naquele ano de 1867 havia mais de seis mil índios resistindo nos caminhos abertos pelos brancos.
No inverno de 1868 eram inúmeras as ações sangrentas do exército ianque (Sétima Cavalaria) contra os índios, principalmente contra os Cheyennes, que tinham como chefe o famoso cacique “Chaleira Preta”. No mês de novembro, o general Custer, aproveitando-se de uma momentânea fraqueza dos cheyennes, que enfrentavam doenças, caiu sobre o acampamento de “Chaleira Preta”, matou os 103 guerreiros que ali estavam, o cacique, e um número incontável de mulheres e crianças. Por conta disso foi aclamado como herói e até hoje é imortalizado como tal nos filmes de “mocinho”.
Oito anos depois o general Custer iria provar do veneno da derrota. Foi no dia 25 de julho de 1876, durante a batalha de Little Big Horn, no estado de Montana. Naquele dia, uma coalizão entre Cheyennes e Sioux, liderada pelos famosos chefes Touro Sentado e Cavalo Louco deram batalha à Sétima Cavalaria, do general Custer. As tropas tinham sido enviadas para Montana porque um relatório escrito por E.C. Watkins informava sobre as hostilidades dos índios. Mas, na verdade, o que estava em jogo ali eram os interesses mineiros. Hordas de mineradores estavam de olho nas montanhas Black Hill, território tradicional dos indígenas. Por aí já se nota o quanto essa técnica de elaborar relatórios falsos é antiga no país. Foi o mais famoso dos confrontos entre brancos e índios. Custer estava bem acostumado a dizimar acampamentos indígenas e procedeu como sempre. Dividiu o exército em quatro flancos e atacou. Dessa vez sua tática de colocar alguns grupos para correr não deu certo. Os indígenas estavam preparados para combater. Assim, depois de horas de combate, na histórica Batalha de Little Bighorn, a sétima cavalaria foi aniquilada, sendo a maior derrota do exército estadunidense durante as chamadas “guerras índias”. Da tropa de Custer sobraram apenas dois homens. Era o fim do general que se julgava invencível.
Mas, apesar dessa vitória avassaladora e emblemática, a sina dos povos originários era mesmo a da destruição. Com o avançar das cidades e o fortalecimento do capitalismo, o que restou aos indígenas foram as reservas. Perdida a batalha pelo território original, as nacionalidades que conseguiram sobreviver aceitaram os espaços confinados. Muitos se misturaram ao mundo branco. Mas, como no Brasil, a integração nunca foi real. Um índio sempre é um índio, no mais das vezes tratado como marginal, ser de segunda classe. O fato é que no norte, tal como no sul, as nacionalidades originárias estão despertas, lutando por sua cultura, seus direitos e pela retomada de territórios. Tudo vibra na Terra do Tio Sam. E os tambores chamam para novas batalhas.
Darcy Ribeiro e os povos indígenas: acertos e equívocos
Darcy Ribeiro sempre foi um apaixonado pela causa indígena. E mais, era também apaixonado por Marechal Rondon, aquele que no início do século XX decidiu dedicar sua vida para contatar os indígenas e trazê-los para a o mundo “civilizado” sem, contudo, disparar um tiro. Rondon fugia do perfil dos que, antes dele, trataram de “conquistar” os povos originários pela força das armas, provocando a morte e a destruição de comunidades inteiras. Ele era explícito: “morrer talvez, matar, nunca”. Compartilhava de uma fé positivista de que era possível a vida harmoniosa entre os brancos e os indígenas, desde que esses últimos aceitassem as regras da chamada civilização. E, apesar de sua postura paternalista e conservadora, Rondon conseguiu adentrar no Brasil profundo, fazendo contato com os indígenas, estancando o processo de assassinato e dizimação das gentes originárias.
No início do século XX os povos originários da região da Amazônia, por exemplo, estavam praticamente nas mesmas condições que no momento do descobrimento e o avanço dos brancos era feito com muita violência, visando a exploração dos seringais. Naqueles dias eles sequestravam as mulheres e crianças, obrigando os homens a trabalhar na extração da borracha. Não havia preocupação com a posse da terra, apenas com os seringais. As hordas dos brancos se moviam pela floresta destruindo as comunidades, eliminando o modo de vida indígena, prostituindo mulheres e dispersado os homens pelos vários campos de colheita. O processo de dizimação e violência estava acabando com os indígenas quando finalmente o ciclo da borracha colapsou. Segundo Darcy, foi a salvação dos indígenas da região.
Já na região do sertão o foco era mesmo a posse da terra. A intenção dos invasores era a expulsão dos indígenas para que pudesse vingar a criação de gado. Poucas comunidades lograram sobreviver aos massacres e tentativas de “abrasileiramento”. Resistiam alguns núcleos de Potiguara, Kuruxi, Fulniô, mas já bastante mestiçados e sem terra. Aonde chegavam os brasileiros, os indígenas eram escorraçados. Os Timbiras, no Maranhão resistiram por anos, em longas guerras, mas acabaram se entregando no início do século XX para não perecerem totalmente. Em todos esses lugares, aonde os indígenas iam depondo as armas, o processo de aldeamento se dava a partir do engano, da violência e da destruição. Aonde havia missionários, as crianças eram tiradas das famílias e criadas como se fossem brancas, para deixar de serem índias e se integrarem à sociedade.
Depois de dominar todo o espaço da floresta atlântica a colonização foi entrando para o interior, expandindo o cultivo do algodão e do café. A tática era igualmente cruel: envenenavam a água e deixavam coisas contaminadas com varíola. Milhares de indígenas morreram nessas investidas desumanas. E quando chegaram os imigrantes, começou a caçada aos chamados “bugres”, que era como eles nominavam aqueles que eram os verdadeiros donos das terras. Assassinar índios era quase um esporte.
Pois foi nesse cenário de horror que surgiu a figura do Marechal Rondon que, com sua coluna, adentrava nos territórios para garantir a construção das linhas do telégrafo. Ele via como os brancos escravizavam e brutalizavam os indígenas e não se conformava. Era um adepto do positivismo e acreditava piamente no progresso. Isso deu a ele a razão para criar uma comissão capaz de entrar na floresta, fazer contato e trazer os indígenas para o mundo branco. Confiava que todos poderiam viver juntos e em paz. Foi assim que ele passou oito anos contatando índios. Sua proposta era garantir espaços de terra demarcada e abrir escolas para que as crianças indígenas pudessem ser alfabetizadas. Foi o trabalho dele, sempre feito na paz, sem que qualquer índio fosse ferido ou machucado, que deu origem ao Serviço de Proteção ao Índio, órgão do governo criado em 1910.
Naqueles dias concorriam duas correntes de pensamento sobre o trato com os indígenas: a catequese e a proteção. O campo da catequese era dominado pela igreja. Os padres recebiam verbas para trabalhar com os índios, mas, segundo Darcy, não ajudavam em nada. As missões queriam mesmo era mudar os costumes, levando-os a assumir uma fé que lhes era incognoscível. E, se não assumissem, também era trucidados.
A nova política, de proteção, coube aos positivistas da turma de Rondon que acreditavam que com os meios certos proporcionados os indígenas evoluiriam e se integrariam a nação. O exército então cumpria a função de, pacificamente, atrair os povos originários e ao mesmo tempo ir abrindo as fronteiras para a entrada da “civilização”. O SPI buscava juntar o índio com o branco, mas garantindo a eles o direito de viverem a sua cultura, diferenciando-se assim dos padres que impunham sua fé a ferro e fogo, como já fora no começo da invasão.
Assim, com a chegada de Rondon e sua forma pacífica de trazer os indígenas para os aldeamentos, as terras foram sendo “limpas” e as fronteiras agrícolas foram se expandindo. O que num primeiro momento parecia ser uma coisa boa, acabou mostrando-se igualmente nocivo, pois, ainda que aldeados sem violência, as comunidades, subtraídas de seu território e de sua forma original de viver iam perdendo a alegria e definhavam, pela fome, doença e desengano. (RIBEIRO, 1970, p.187).
Quando Darcy Ribeiro encontra Rondon ele já está no fim da vida, inclusive repensando sua política desbravadora e pacificadora. Nos anos 50 e 60, quando praticamente todos os indígenas já tinham sido contatados e aldeados, o que se via era a continuidade da morte e da desintegração. A chamada “civilização” nunca conseguiu, ou não quis, integrar, de fato, os indígenas. Confinados nas reservas, eles seguiam morrendo por doenças ou pela fome, e os que conseguiam ingressar no mundo dos não-índios jamais lograram ser vistos como brasileiros. Índios. Sempre índios, com toda a carga de preconceito e discriminação que a palavra carrega.
É nesse período que Darcy Ribeiro escreve sua obra mais importante sobre o tema indígena: “Os índios e a Civilização”, que veio a lume no ano de 1970, fruto de uma profunda pesquisa nos arquivos do então Serviço de Proteção ao Índio, criado por Rondon. Nele, Darcy defende algumas teses que destoam de tudo o que já se havia dito até então. A primeira delas, e a mais importante, é a de que diante de todo o processo de tentativa de integração do indígena ao mundo branco jamais houve aculturação ou assimilação. O que houve foi a transfiguração étnica.
Darcy aponta que naquele então havia duas atitudes consagradas no trato com os indígenas: a romântica, que pretendia deixar o índio intocado, e a integradora, que acreditava ser possível ainda assimilar o índio na sociedade brasileira. Para ele, ficava evidente que nem uma nem outra forma era possível na conjuntura da segunda metade do século 20. Reconhece que o território é o elemento mais importante para a sobrevivência do indígena e também pontua que em 50 anos de ação do SPI, os seus integrantes jamais chegaram a compreender os elementos culturais que permeiam a vida dos povos originários. Essas duas conclusões de Darcy são as que abrem o caminho para o trabalho que empreendemos que é justamente dar a conhecer à sociedade brasileira o significado profundo do território e sua relação com a cosmovisão originária. Sem essa compreensão é impossível um trabalho realmente sério junto aos indígenas, porque sempre partirá de uma postura colonialista, tida como superior.
O que Darcy Ribeiro vai trazer de novidade no seu trabalho é justamente a descrição sobre como os povos originários foram se colocando na vida nacional e para isso usa como conceito principal nos seus estudos, o da transfiguração étnica. Ou seja: os indígenas nem foram assimilados, nem foram destruídos, eles se transfiguraram para resistir a uma cultura invasora, violenta e desagregadora.
No livro, o antropólogo mostra que, no Brasil, as diversas etnias que se espalhavam pelo território foram alcançadas por uma poderosa etnia em expansão (a branca) e nesse conflito, cada uma das comunidades reagiu de forma diferente. Algumas lutaram, resistindo, outras fugiram, outras se deixaram “civilizar”. Cada uma delas buscou sobreviver definindo uma estratégia de acordo com os conselhos de seus anciões. A isso ele dá o nome de transfiguração.
Essa transfiguração étnica se dá em dois níveis. Um deles é o do enfrentamento entre duas populações diferentes que se mesclam e se contagiam, realizando verdadeiramente um encontro. E o outro, que marca a acontecida no Brasil, é quando há o enfrentamento entre sociedades evolutivamente defasadas, mas com coesão interna, em que a mais avançada acaba dominando. Nesse caso, não há encontro cultural, mas controle.
O processo de ocupação do território promovido pelos portugueses invasores foi violento. E eles, ao se reproduzirem como sociedade dominante, foram se consolidando como uma sociedade nacional agindo sobre as comunidades étnicas e mudando todo o seu modo de vida. Havia muitas diferenças entre as próprias comunidades indígenas. Algumas estavam no estágio pré-agrícola, outras já praticavam a agricultura. Umas vivam de maneira nômade, outras mais sedentárias. E não houve uma preocupação em entender o modo de vida de cada etnia. O que houve foi a dominação e a tentativa de aculturamento. Fragmentados e sem tradição de unidade, as comunidades foram encontrando elas mesmas o seu jeito de resistir. De qualquer forma, a vida já não se organizava como antes. Com os aldeamentos, o território é retirado, a lógica do parentesco se desfaz e os povos originários precisam encontrar maneiras de se adaptar a nova realidade.
Mesmo as populações que já praticavam a agricultura não conseguiram formar uma estrutura urbana nos lugares para onde foram removidos e acabaram se dispersando, muitas vezes criando novas micro etnias. Os indígenas vão se transformando, no dizer de Darcy, em “índios genéricos”, cada vez mais parecidos uns com os outros, sem respostas para o processo de dizimação cultural. Ele lembra que a Confederação dos Tamoios foi um momento importante de união de várias etnias que, inclusive, eram inimigas, mas ainda assim não foi forte o suficiente para impor um sistema organizativo comum.
A maneira como as comunidades conseguiram sobreviver foi a partir da transfiguração, já que isso permitia que atuassem como brancos sem perder as singularidades étnicas ou a identidade.
No início do século XX, das 230 etnias encontradas, apenas 105 conseguiam ainda manter seu patrimônio cultural, 57 delas com contatos intermitentes e 29 integradas ao mundo branco. As demais tinham sucumbido ao processo de violência da colonização. Em 1957, quando Darcy realiza sua pesquisa, o quadro já é bem outro. Com a ação humanitária promovida pelo SPI – ainda sob as normas de Rondon – as mudanças aconteciam de forma mais lenta e a proteção das comunidades nas chamadas reservas permitia algumas vivências comunitárias. Ainda assim 88 etnias já tinham sido extintas.
Infelizmente para Rondon, muitas dessas extinções só foram possíveis por conta da abertura das fronteiras realizadas por seu exército. Para se ter uma ideia, 10 anos depois de terem aberto os caminhos para a área telegráfica, 18 povos simplesmente se extinguiram (RIBEIRO, 1970, p.245). Já os que sobreviveram, confinados em áreas longe de seus espaços tradicionais, foram mudando, perdendo a língua, misturando com o português, misturando-se aos brancos e gerando filhos mestiços. Houve, no entender de Darcy, um processo de enfraquecimento bem grande.
O grupo Xokleng, em Santa Catarina, por exemplo, passou de 1800 pessoas para apenas 200, logo depois da chamada pacificação.
Com esse enfraquecimento e o crescente poder dos brancos, os indígenas foram perdendo também o seu orgulho. Nem mesmo as festas conseguiam realizar, pois, com o contato, qualquer reunião na qual juntasse muita gente, acabava gestando gripes e outras doenças mortíferas. A subordinação foi a forma que encontraram para sobreviver, ainda assim em números quase próximos da extinção. Darcy observou que, isoladas, as comunidades tinham um equilíbrio entre o sistema tecnológico, as condições ecológicas e as práticas de contenção demográfica. Conhecendo a natureza e comungando com ela a vida, os indígenas só se multiplicavam de maneira sustentável. Mas, nas aldeias, esse contato simbiótico com a natureza acabou se perdendo. Já não tinham mais controle do território e não sabiam mais como se comportar. A vida nas aldeias constituídas pelos brancos mudou completamente toda a estrutura social das etnias.
Nas estruturas brancas as comunidades indígenas também passaram a ter contato com outros instrumentos de trabalho como facas, machados, facões, elementos que igualmente alteraram o modo de vida. A introdução da cachaça, sibilinamente imiscuída pelos brancos, serviu como isca e agradou aos indígenas, causando estragos gigantescos, que perduram até hoje. O sal, a gordura e o açúcar igualmente serviram como potencializadores de doenças. Muitos dos costumes que tinham foram sendo abandonados porque os brancos consideravam coisas de “bárbaros”. A prática de comer gafanhotos, por exemplo, se perdeu. As próprias casas foram sendo modificadas, porque os padres e os agentes do governo consideravam-nas muito promíscuas. O massacre cultural não foi menor do que o provocado pela força e pelas armas.
Os problemas se agigantaram porque todas as novas tecnologias foram colocadas de maneira autoritária, sem que as comunidades tivessem tempo para conhecer e incorporar naturalmente, atualizando-se historicamente. Na verdade, os indígenas acabaram dependentes das novas técnicas, sem incorporá-las de verdade, gerando um trauma e mudando completamente o modo de vida.
Aldeados e submetidos ao controle do governo, os indígenas também se viram enredados numa outra economia, nacional, completamente diferente da tribal, a qual estavam acostumados. Passaram a usar o dinheiro, o que os levou a novas relações subordinadas à economia mercantil. Foi um engajamento compulsório, no dizer de Darcy. E aí, o problema não foi o de passar de um tipo de economia, mais simples, à outra, mais complexa, mas sim a forma como aconteceu a passagem. Foi um salto, da vida cooperativa nas aldeias para a economia do barracão e do trabalho capitalista. Assim, para os indígenas, ser “civilizado” passou a ser sinônimo de fome e sofrimento.
Não bastasse isso, o indígena que decidiu ir para o mundo branco tampouco conseguiu ser aceito. Levava a “marca” e sempre era apontado como índio. Todo o processo de colonização o levou ao desenraizamento sem oferecer alternativa real de participação na sociedade brasileira. A única possibilidade era a integração, mas ela não acontecia e ainda não acontece. Toda a política de expansão, inclusive a levada por Rondon, tinha como meta final a “limpeza” das terras, tirando os humanos para colocar rebanhos ou grãos. Foi a acumulação primitiva, tal como mostrou Marx na Inglaterra, se fazendo em terras de Pindorama. Só que havia uma diferença abissal: boa parte dos indígenas não tinha a experiência do agricultor e tampouco foi recrutada para fábricas. Ou seja, sua situação ficou ainda pior do que a dos brancos pobres no início do capitalismo. Aldeados em reservas eles tiveram de aprender a plantar, sob um regime de força, sem assimilar os novos instrumentos de trabalho de maneira natural.
Darcy Ribeiro pontifica: “[...] é o caráter capitalista do sistema econômico vigente e a ordenação sócio-política a ele correspondente que lança a sociedade nacional contra as etnias tribais” (RIBEIRO, 1970, p.371). O capitalismo arrasa tudo, mas fundamentalmente imprime um profundo processo de destruição e desenraizamento junto aos povos originários.
Por conta desse avanço do capitalismo na realidade mesma dos indígenas, Darcy aponta como vai operando aí a transfiguração étnica, que é esse mudar, sem perder a raiz. Ele mostra que quando o indígena passa de índio tribal para a condição de índio genérico, ou seja, integrado na cultura capitalista, a sua antiga consciência começa a ruir porque mudam todas as condições sociais e culturais. Ainda assim, os elementos fundamentais da cultura permanecem, embora numa outra condição. A ruptura do “ethos” tribal desagrega e desmobiliza, pois “as mitologias são corpos de representação cuja função consiste menos em explicar racionalmente o mundo do que motivar os homens para viver e amar a vida” (RIBEIRO, 1970, p.379). Assim que os mitos, na condição de desgarrados da aldeia, não morrem, eles são apenas redefinidos.
Esse ponto da discussão de Darcy Ribeiro se reveste de grande importância hoje justamente porque é isso que vimos assomar nos anos 80, quando o movimento indígena latino-americano começou a avançar outra vez, saindo do torpor a que estava submetido, e que levou o próprio Darcy a acreditar que os indígenas como cultura autóctone e originária iriam desaparecer. Ele concluiu no seu trabalho que os indígenas, mesmo os submergidos na cultura branca, jamais se aculturaram, mas sim que se transfiguraram. Ainda assim, como o capitalismo avançava e iniciava uma escala de modernização no Brasil, o antropólogo pensou que não haveria saída a não ser integrar-se totalmente a cultura dominante, a brasileira.
No seu livro seminal ele reconhece alguns elementos que são imprescindíveis para que uma etnia sobreviva, ainda que no mundo dos brancos:
1 - Ter componentes capazes de por em ação práticas adaptativas
2 - Capacidade de defesa
3 - Território
4 - Preservação de crenças e valores
Darcy não sabia, mas estava aí a chave para o reavivamento da resistência indígena. Enquanto seu trabalho começava a ser conhecido, nas entranhas das florestas os povos originários principiaram a recuperar sua força. A luta pelo território passou a ser a grande bandeira das comunidades indígenas e isso começou a mover etnias de toda a América Latina. Isso porque o território é, como Darcy percebeu, a base para toda e qualquer possibilidade de sobrevivência de uma etnia. Porque território não é apenas um pedaço de terra, ele carrega em si toda a cosmovisão e todo o modo de ser comunidade.
É a luta por território que vai explodir no México nos anos 80, depois no Equador nos anos 90 e assim em todos os cantos da grande Abya Yala, as comunidades assomando, ressurgindo das cinzas. No Brasil, com o fim da ditadura militar no começo dos anos 80 também se reorganizam os indígenas, lutando por direitos e demarcação das terras tradicionais. Ainda bastante misturados a instituições religiosas e Organizações Não-Governamentais, mas já conseguindo articular suas bandeiras de maneira unificada. O resultado foram os avanços garantidos na Constituição de 1988, que se não foram perfeitos, conseguiram abranger inúmeras demandas.
Com o avanço da democratização, com muitos territórios demarcados, as comunidades iniciaram um processo de “retomadas”, que é a volta organizada para o território original.
Novas organizações surgiram, muitas delas já descoladas da igreja e das ONGs. Eram os indígenas definindo eles mesmos suas bandeiras e suas formas de luta. Nesse processo, muitas das práticas culturais, língua e tradições ressurgiram com força, mostrando que nunca tinham sido esquecidas, apenas dormiam no coração e nas mentes que se preparavam para o retorno. E os povos originários, que conformavam pouco mais de 180 mil almas quando Darcy escreveu seu livro, hoje já se contabilizam em quase um milhão de pessoas. Ao contrário do previsto, eles não desapareceram. Re-nasceram, com mais força e com novas demandas.
Desde a última década do século XX não passou um dia no qual alguma comunidade, em algum canto de Abya Yala, não estivesse em luta. Quando os equatorianos ocuparam as igrejas em 1990, exigindo serem escutados, e quando os zapatistas gritaram, armados: Ya Basta!, em 1994, nunca mais o mundo pode seguir sem que suas palavras fossem ouvidas. Desde aí, o movimento cresceu e segue sendo a vanguarda da luta contra o capital. Não nos moldes tradicionais da esquerda, mas com a filosofia e a proposta de vida original e autóctone. Tampouco é possível pensar que os indígenas estejam enquadrados na condição de “genéricos”, iguais entre eles. Não. Cada etnia assoma na sua diferença. Unificada com as demais, mas concretamente retomando seu núcleo-ético mítico, nas suas especificidades. O que não impede que lutem juntos em demandas que significam a proteção dos bens mais caros aos seres humanos, como é atualmente (2017) o caso da luta pela água no território Sioux, no estado de Dakota dos Sul, Estados Unidos. Uma batalha que está sendo capaz de juntar praticamente todos os povos de Abya Yala num acampamento de protesto e de luta. Cada povo, cada etnia, sabendo muito bem que o que os unifica é maneira de viver no equilíbrio respeitoso com a natureza.
O movimento indígena está vivo e cresce.
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